Pero ¿vosotros creéis que hay algún tipo de glamour en intentar andar por la nieve y no darse un guantazo?

Ya os digo yo que soy una experta que ni de coña. No existe manera de llevar tacones y andar de forma sexy sobre un manto de nieve.

Puede que en el armario de la ropa de super-frío tengas una buena combinación de prendas perfectamente adaptadas tanto para sobrellevar el frío, como para estar mona. Pero os aseguro que lo más complicado del mundo es encontrar el calzado idóneo para esa ocasión.

Si hay mucha nieve (y os aseguro que ha habido y hay nieve para exportar...), necesitas saber que no te mojaras los pies, por que  madre prepárate como lleves los pies congelados!, que dolor. Luego llega el momento “hielo”, exactamente caen las temperaturas sobre unos 15 bajo cero, (y no estoy hablando de Alaska, esto es donde vivo) y se forman unas placas de hielo, a veces muy invisibles e imperceptibles y cuando menos te lo esperas…Zas… leñazo al canto.

Y por último, la etapa del deshielo, esa en la que al ir intentando mantener la figura para no hacer aspavientos guardando el equilibrio, de repente pisas un adoquín suelto y con una gracia que no está escrita, salta el agua acumulada bajo el adoquín y te mojas hasta las bragas.

En serio os relato fielmente lo que es andar sobre las diferentes etapas de la nieve caída. Esa maravillosa estampa que se nos antoja idílica cuando la vemos en la tele.

Quienes la padecemos en ocasiones, tenemos una ventaja frente al mundo sin nieve, una cantidad de recursos para parecer normales frente a la adversidad de la naturaleza y que nos hace ser adaptables a las circunstancias, aprender a reírnos de nosotros mismos y estar dispuestos a ayudar cuando hace falta.

Y ahora una dedicatoria especial. A esas amigas que han estado tan pendientes de mi durante mi tedioso verano. Les prometí que habría una foto que en verano no pude hacer, y ahora cumplo mi palabra. Aquí va la foto, para Carmen, Emi y Marta…

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