Y por fin después de mucho estudiar, a los años que tiene una, terminé otro examen de los que te ponen la cabeza un poquito en acción. Toda mi vida odiando las matemáticas y ahora no se me ocurre otra que ponerme a estudiar música, si, las “otras matemáticas”. Sin duda no es mío todo el mérito, por que quien realmente lo tiene es mi pobre profesor, un hombre culto musicalmente hablando, que tiene orden en su cabeza y es delicado como cualquiera de las melodías que compone, y me sorprende que no pierda ni por un instante la santa paciencia, dando clase al grupo de “jóvenes” que tiene en clase los jueves, por que nos teníais que ver.

Todo un reto intentar poner  orden en nuestras cabezas, duras y difíciles ya de moldear, y el sonríe y nos explica con armonía, los temas que cada vez nos parecen más complicados, y no solo eso, ademas nos tiene que escuchar cantar, solfear, y (que lástima sus oídos), cuando por querer decir un La, le sueltas un Fa y al revés, o te inventas las notas donde no están, o te trabas y no hay manera…En solfeo a veces nos sorprendemos al mirarnos casi bailando sevillanas por que la mano no sabe ni para donde tiene que dirigirse. Vamos, un despropósito.

Pero en definitiva lo pasamos genial y somos como niños.

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En fin, quiero dedicarle mi atención especial, a todos los pacientes profesores, que tienen esa maravillosa virtud, ser capaces de trasmitir sus conocimientos con pasión, tesón y que ademas son hábiles para hacerte verque puedes superar las barreras que sientes por delante, y lo mejor, con una sonrisa.

Gracias por vuestro tiempo, el esfuerzo y dedicación.

Por ser como eres, seguiremos adelante con la música, Oscar.